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Cookies

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Douglas Adams es famoso por La Guía del Autoestopista Galáctico. Ya he comentado previamente en el blog que tanto el libro como la película me encantaron, pero reconozco que no he leído ni el resto de la trilogía en cinco partes ni ningún otro libro o relato del autor.

Hoy, sin embargo, dando tumbos por internet me he encontrado un microrrelato de este autor británico que, aunque en un primer momento había pensado en traducir al castellano, creo que merece la pena mantener íntegramente en su inglés original para que no pierda absolutamente nada en la traducción. Aquí os dejo con Cookies, de Douglas Adams.

This actually did happen to a real person, and the real person was me. I had gone to catch a train. This was April 1976, in Cambridge, U.K. I was a bit early for the train. I'd gotten the time of the train wrong.

I went to get myself a newspaper to do the crossword, and a cup of coffee and a packet of cookies. I went and sat at a table.

I want you to picture the scene. It's very important that you get this very clear in your mind.

Here's the table, newspaper, cup of coffee, packet of cookies. There's a guy sitting opposite me, perfectly ordinary-looking guy wearing a business suit, carrying a briefcase.

It didn't look like he was going to do anything weird. What he did was this: he suddenly leaned across, picked up the packet of cookies, tore it open, took one out, and ate it.

Now this, I have to say, is the sort of thing the British are very bad at dealing with. There's nothing in our background, upbringing, or education that teaches you how to deal with someone who in broad daylight has just stolen your cookies.

You know what would happen if this had been South Central Los Angeles. There would have very quickly been gunfire, helicopters coming in, CNN, you know. . . But in the end, I did what any red-blooded Englishman would do: I ignored it. And I stared at the newspaper, took a sip of coffee, tried to do a clue in the newspaper, couldn't do anything, and thought, what am I going to do?

In the end I thought, nothing for it, I'll just have to go for it, and I tried very hard not to notice the fact that the packet was already mysteriously opened. I took out a cookie for myself. I thought, that settled him. But it hadn't because a moment or two later he did it again. He took another cookie.

Having not mentioned it the first time, it was somehow even harder to raise the subject the second time around. "Excuse me, I couldn't help but notice . . ." I mean, it doesn't really work.

We went through the whole packet like this. When I say the whole packet, I mean there were only about eight cookies, but it felt like a lifetime. He took one, I took one, he took one, I took one. Finally, when we got to the end, he stood up and walked away.

Well, we exchanged meaningful looks, then he walked away, and I breathed a sigh of relief and sat back. A moment or two later the train was coming in, so I tossed back the rest of my coffee, stood up, picked up the newspaper, and underneath the newspaper were my cookies.

The thing I like particularly about this story is the sensation that somewhere in England there has been wandering around for the last quarter-century a perfectly ordinary guy who's had the same exact story, only he doesn't have the punch line.

Feliz jueves;)

25 de mayo: El Día de la Toalla

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La Guía del autoestopista galáctico tiene varias cosas que decir respecto a las toallas.

Dice que una toalla es el objeto de mayor utilidad que puede poseer un autoestopista interestelar. En parte, tiene un gran valor práctico: uno puede envolverse en ella para calentarse mientras viaja por las lunas frías de jaglan Beta; se puede tumbar uno en ella en las refulgentes playas de arena marmórea de Santraginus V, mientras aspira los vapores del mar embriagador; se puede uno tapar con ella mientras duerme bajo las estrellas que arrojan un brillo tan purpúreo sobre el desierto de Kakrafun; se puede usar como vela en una balsa diminuta para navegar por el profundo y lento río Moth; mojada, se puede emplear en la lucha cuerpo a cuerpo; envuelta alrededor de la cabeza, sirve para protegerse de las emanaciones nocivas o para evitar la mirada de la Voraz Bestia Bugblatter de Traal (animal sorprendentemente estúpido, supone que si uno no puede verlo, él tampoco lo ve a uno; es tonto como un cepillo, pero voraz, muy voraz); se puede agitar la toalla en situaciones de peligro como señal de emergencia, y, por supuesto, se puede secar uno con ella si es que aún está lo suficientemente limpia.

Y lo que es más importante: una toalla tiene un enorme valor psicológico. Por alguna razón, si un estraj (estraj: no autoestopista) descubre que un autoestopista lleva su toalla consigo, automáticamente supondrá que también está en posesión de cepillo de dientes, toallita para lavarse la cara, jabón, lata de galletas, frasca, brújula, mapa, rollo de cordel, rociador contra los mosquitos, ropa de lluvia, traje espacial, etc. Además, el estraj prestará con mucho gusto al autoestopista cualquiera de dichos artículos o una docena más que el autoestopista haya «perdido» por accidente. Lo que el estraj pensará, es que cualquier hombre que haga autoestop a todo lo largo y ancho de la galaxia, pasando calamidades, divirtiéndose en los barrios bajos, luchando contra adversidades tremendas, saliendo sano y salvo de todo ello, y sabiendo todavía dónde está su toalla, es sin duda un hombre a tener en cuenta.


Como cada año desde 2001, mañana 25 de mayo es el Día de la Toalla, en honor a la obra de Douglas Adams, autor de "La Guía del Autoestopista Galáctico", una trilogía en cinco partes.

Tuve la oportunidad de ver la adaptación cinematográfica gracias a, creo recordar, la recomendación de Larteas, que me convenció para tragarme la película entera poniéndome brevemente la escena de la ballena blanca. Un par de años más tarde, en mi viaje a Londres, encontré en un mercadillo de libros de segunda mano una reciente edición de la novela que, por supuesto, me compré. Cuatro días después, el mismo día que llegaba de vuelta a Madrid, me lo había terminado.

Es un libro muy divertido, ágil y de humor entre tontorrón e inteligente... Suelo pensar en él como un Mundodisco con naves espaciales. Arthur Dent, el protagonista, es un pobre cualquiera al que los acontecimientos siempre se le quedan demasiado grandes para él, que lo único que quiere es vivir a gusto en su casa, sin complicaciones. Ford Prefect, por su parte, parece saber siempre qué hacer, a dónde ir... Aunque tiene tan poca idea o menos que Arthur. Siempre se lanza a hacer las cosas con una convicción que solo puede darte el tener dominadas todas las variables, o ser un total ignorante de las consecuencias de tus actos. Adivinen ustedes a qué grupo pertenece realmente.

La verdad es que aunque no he tenido ocasión todavía de leerme los cuatro libros restantes (no cuento el sexto libro, "And another thing..." de Eoin Colfer, que apareció publicado hace no demasiado, porque por lo que he leído en todas partes, no merece absolutamente nada la pena), es una de las muchas asignaturas pendientes que tengo, ya que "La Guía del Autoestopista Galáctico" es, para mí, una lectura prácticamente obligatoria.

De modo que mañana no olvidéis llevar vuestra toalla. Quién sabe para qué la podréis necesitar...