De qué hablo yo cuando hablo de correr

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A las doce y media me meto en la cama. Doy vueltas sin poder dormir, pensando en el circuito de mañana. Amenaza lluvia. Me quedo quieto, con los ojos cerrados, y trato de dejar la mente en blanco. Cuento cada respiración del 1 al 10. Siento los latidos del corazón y la sangre bombeando por las venas. Al cabo de un rato pierdo la cuenta y me duermo.

A las siete menos cuarto de la mañana suena el despertador. Me pongo en pie, me doy una ducha rápida para despejarme y desayuno: Zumo de naranja, un tazón de leche con cereales azucarados y un par de lonchas de fiambre. Vitaminas, hidratos de ciclo largo y de ciclo corto y algo de proteína. Me asomo al balcón y miro al cielo. Está despejado, con suerte no lloverá. Pero sigue haciendo frío.

Mi padre me acompaña en transporte público al lugar de la carrera. Me cambio y empiezo a calentar. Bromeo un poco con él y comentamos la cantidad de gente que hay. Llamo por teléfono a Cattz para poder escucharla un poco antes de empezar. Me dice que está muy orgullosa de mí. Y eso es algo que significa muchísimo para mí. Todavía faltan quince minutos para que empiece la carrera. Pienso en Cattz, en mis padres y en mis amigos. En su apoyo. Mi padre me acompaña hasta el punto de salida, nos despedimos y me mezclo con el resto de corredores.

Estoy rodeado de miles de personas con las que voy a compartir este circuito de 10 kms. Miro hacia delante, el cronómetro sobre la salida todavía marca cero. Faltan cinco minutos. Me muevo en mi sitio intentando no quedarme frío, me golpeo los muslos para entrar en calor. Salen los corredores en silla de ruedas, y dirección de carrera les da un par de minutos para distanciarse.

Suena el pistoletazo de salida, y el reloj empieza a contar.

Al principio nos movemos muy despacio. Es más, al principio ni nos movemos. Hasta que poco a poco va quedando sitio delante y podemos empezar a avanzar. Cuando paso por la línea de salida el reloj ya marca dos minutos y medio, y yo empiezo a correr.

En ese momento el universo entero desaparece, y solo queda la carrera. Corre. Un pie detrás del otro, busca un ritmo con el que te encuentres cómodo. Durante el primer kilómetro las agujetas de la semana en el gimnasio van poco a poco desapareciendo. Voy notando cómo las piernas van funcionando mejor a medida que avanzo, cómo los músculos van cogiendo el ritmo de carrera.

Los cuatro kilómetros siguientes transcurren sin complicación. Adelantar a los que van más despacio, dejarse adelantar por los que van más rápido. Buscar huecos por los que avanzar. Mira adelante, inspira, espira. Dosifícate, no aprietes demasiado aquí, todavía queda mucha carrera por delante. Solo han cortado media Castellana, así que vamos más apiñados de lo que me gustaría.

Nos acercamos a Santiago Bernabeu. Giramos a la derecha y encaramos la cuesta de Concha Espina. El ritmo disminuye, y empieza a aparecer el cansancio. El kilómetro seis está a mitad de subida. Llevamos ya más de la mitad. Escucho las señales de mi cuerpo, que me dice que todavía puede dar un poco más de sí. Aumento el ritmo para llegar arriba cuanto antes. Una vez arriba giramos en Príncipe de Vergara. Desde aquí hasta la meta es casi todo bajada.

Empiezo a sentir las piernas cargadas, y la rodilla izquierda empieza a dar señales de molestia. Duele un poco. Pero ya quedan menos de cuatro kilómetros para terminar, y no voy a dejarlo aquí. Sigo corriendo. El dolor de la rodilla no desaparece, pero tampoco va a más. Empiezan a doler también los hombros. No sé cuánto falta para llegar, pero sigo corriendo. Lo único en lo que puedo pensar en estos momentos es en las sensaciones que me mandan las piernas. De repente veo un cartel que marca los siete kilómetros. Este último kilómetro ha sido eterno.

La meta ya no puede estar demasiado lejos, así que sigo avanzando. Los dos kilómetros siguientes son una lucha constante contra mi cerebro, que trata de convencerme de que me pare y descanse. Pero sé que si me detengo, aunque sea solo por un instante, después me va a ser imposible volver a arrancar. Así que no puedo pararme, y no lo hago. Ahí veo la curva, la que encara la calle de la meta.

Lo que no recordaba es que la calle de la meta, los últimos quinientos metros, son cuesta arriba. Es el último esfuerzo, corre. Ya no me quedan fuerzas ni aliento, pero aprieto los dientes y sigo adelante. No existe nada aparte del agotamiento físico y el final de la calle. Ni siquiera me fijo en el resto de corredores. La cuesta arriba y yo, rivales. A medida que me acerco veo el reloj marcando el tiempo sobre la línea de meta. El borde superior está tapado, así que no sé si marca 51 ó 57. Si es el primero, habré logrado mi objetivo. Tengo que llegar.

Cuando paso por la meta y veo que la segunda cifra es un uno, no quepo en mí de alegría. Las piernas casi no me sostienen, y me tiemblan las manos, pero lo he hecho. Estoy a punto de que se me salten lágrimas de alegría. He mejorado mi marca en tres minutos, y he bajado de los 50. Finalizada la carrera, todos los que me habían acompañado hasta la línea de salida vuelven de repente a mí. Y pienso que les he dado un motivo para sentirse orgullosos de mí.

Me encuentro con mi padre y le abrazo. Llamo de nuevo a Cattz y lo celebro con ella. Y me siento tremendamente feliz de lo que he hecho en esa mañana de domingo.

Y de todo eso es de lo que yo hablo cuando hablo de correr.

5 comentarios :

Yamane dijo...

¡Enhorabuena! Qué pasada, te admiro un montón :D

Interloper dijo...

¡¡Muchas gracias!! La verdad es que es todo un placer hacer una carrera así ^_^

Lady Boheme dijo...

¡¡Eres un campeón!! ¡¡Viva tú!! Le voy a pasar la entrada a mi hermana, que también es runner y seguro que le mola leerte.

¡Besines!

Lady Boheme dijo...

Por cierto, pasaste al lado de mi trabajo xD

Interloper dijo...

Lady, muchas gracias!! ^_^

Espero que a tu hermana también le guste la entrada... ya me comentarás :P

Por al lado de tu curro? Dónde es??