Halcones y águilas

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Retrospectiva, imagen en sepia. Entro por la puerta llorando, un pequeño Interloper de nueve o diez años llegando a casa con un par de lagrimones rodándole por las mejillas. Mi padre, preocupado, me pregunta qué me sucede, y yo se lo cuento.

Durante los últimos días en el patio del colegio un grupo de chicos habíamos formado un club en el que corríamos nuestras aventuras imaginarias jugando y brincando de un lado para otro. Éramos los Halcones Negros. Yo estaba especialmente orgulloso porque la idea y el nombre habían sido míos. No siendo el tipo de chico que solía ser el líder de la clase, que media docena de compañeros se hubiesen subido al carro me parecía un logro sin precedentes. Todo iba sobre ruedas hasta que un día, vaya usted a saber cómo o por qué, los otros chicos decidieron echarme. ¡De mi propio club! Y yo, bobo de mí, lloré desconsoladamente.

Al momento mi padre me dio la solución: Si me habían expulsado de los Halcones Negros, lo que tenía que hacer era formar un nuevo club. Uno más grande, más imponente. Las Águilas de Acero. Los halcones son unas aves de presa imponentes, pero las águilas son más grandes, más fuertes, vuelan más alto y en una pelea un halcón, por muy negro que fuese, nunca podría ganar a un águila con garras de acero. Esos fueron los argumentos que me dio. Y me parecieron tan convincentes que la tristeza se me pasó del todo. Incluso cogimos papel y pinturas y me ayudó a dibujar un logo para mi nuevo club.

Al día siguiente aparecí en el patio con mi emblema de las Águilas de Acero. Los chicos de los Halcones Negros se rieron de mí y me dijeron una y otra vez que era una mala copia de los Halcones Negros, algo que había hecho solo porque ya no me dejaban ser de su club. Pero me dio completamente igual. Era mi club. Y mi padre me había ayudado a fundarlo con todo su cariño y buena intención.

Fin de la retrospectiva, vuelta al presente, calidad BRRip-720p-x264. Siempre me ha resultado curioso recordar esta historia con toda claridad cuando ni siquiera recuerdo lo que cené ayer. Mi padre, muy probablemente, ni siquiera se acuerde de ella. Porque para él no fue algo fuera de lo común. Porque él es así, perseverante, no se rinde con facilidad. Para él fue una historia más en la que su hijo necesitaba su ayuda y él se la daba de la mejor manera posible. Para mí fue una lección de vida. Cuando algo se tuerce, cuando nos falla algo, no podemos cruzarnos de brazos y lamentarnos de lo mal que nos han salido las cosas. Hay que ponerse en marcha y tomar las medidas necesarias para seguir adelante, ser ambiciosos y llegar más arriba de lo que estuvimos antes.

Ese día mi padre me demostró a ser perseverante no con una lección sino con la acción. Por eso nunca lo he olvidado y siempre he hecho lo posible por aplicarlo en mi día a día. Escribir este post es una pequeña forma de darle las gracias por esa y por mil lecciones más que me han convertido en quien soy hoy.

4 comentarios :

Celia dijo...

Que historia mas bonita. Que orgullo tener un padre así. Menuda lección mas buena te dio, una que te servirá para toda la vida.
Enhorabuna por seguirla!

Lady Boheme dijo...

Me ha encantado la historia, es preciosa, digna de una novela. Es el tipo de cosas que una no piensa que ocurran en la vida real. Valiosa lección te enseñó tu padre, de una forma inolvidable. Y valiosa lección nos traes tú, de rebote, con tu recuerdo.

¡Besos!

Burbuja dijo...

Me ha parecido tan tierna... Una gran lección de cómo podemos superar momentos difíciles.

Gracias por compartirla! ^_^

Interloper dijo...

Celia: Es una de esas historias que recuerdo desde hace mucho y que tenía ganas de escribir... Me alegro de que haya gustado :) ¡Gracias!

Lady: Para una novela no da, pero igual para un relato corto... :) Ese tipo de lecciones son las que marcan de por vida. Me alegro de que gustase :) Besos!

Burbuja: A mí lo que más tierno me parece es que él probablemente ni se acuerde porque le pareciese lo más normal del mundo :) ¡Gracias a ti por comentar!