El trauma de la separación

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Yo acababa de cumplir 16 años. Estaba en el colegio, en uno de esos descansos de clase en los que todo el mundo se levantaba, se reunía en corrillos y se ponía a parlotear hasta que llegaba el siguiente profesor. Yo estaba al fondo de la clase hablando con los tres amigos que tenía por aquel entonces, y en un momento dado me fui a coger algo de mi pupitre. Momentos después llegó el profesor y empezó la clase. Desde que el profesor entró hasta que todos nos sentamos en nuestros pupitres alguien colocó un borrador lleno de tiza encima de la puerta de clase. Cuando un compañero rezagado entró y cerró, el borrador le cayó encima y todos nos reímos con la broma.

- "Bueno, anda, gamberros, el que haya puesto el borrador ahí que lo recoja y podemos empezar con la lección" - dijo el profesor cordialmente. Nadie se levantó.

El profesor pidió de nuevo que autor de la broma pusiese el borrador en su sitio, y siguió sin responsabilizarse nadie. A medida que pasaba el tiempo el profesor se iba enfadando y el ambiente se volvía más tenso. La gente empezó a murmurar: la clase no sabía quién lo había hecho y, una vez el profesor se había enfadado, estaba claro que nadie se iba a otorgar la autoría. Al final el profesor -de dibujo técnico- nos castigó con un examen improvisado en ese momento que solo unos pocos aprobamos. Obviamente, el enfado que había en la clase era enorme.

En esas andábamos cuando uno de los chicos que tradicionalmente había hecho del tocarme las narices un deporte empezó a extender el rumor de que quien había puesto ese borrador ahí había sido yo y luego no había querido reconocerlo. Un rumor que era mentira. Un rumor que, sin embargo, se extendió por toda la clase como un fuego en un pajar. Me insultaron, me llamaron de todo, imprimieron decenas de panfletos de "Se busca" con mi foto que repartieron entre todos los niños del patio, y me amenazaron con darme una paliza a la salida del colegio. Yo dije, por activa y por pasiva, que yo no lo había hecho, que había estado todo el tiempo hablando con mis amigos.

Pero esos tres amigos no dieron la cara por mí.

Dijeron que sí, que durante un rato habían estado conmigo, pero que después, cuando me fui a mi sitio, no me vieron y que tal vez, tal vez, había podido poner el borrador encima de la puerta en ese momento. Mis propios amigos, en quienes yo había depositado mi confianza, me daban la espalda al más mínimo signo de presión del grupo. A partir de ahí ya nada volvió a ser lo mismo. Cada vez hablaba menos con ellos, cada vez ellos se alejaban más de mí por la imagen que podían dar ante el resto de la clase. No eran mis amigos, eran unos compañeros que habían estado cerca de mí por interés durante todo el tiempo.

Cuando me di cuenta de ello, nada más empezar 2º de bachillerato, dejé de hablarles. Y me quedé solo. Durante muchos meses en ese último y crucial año antes de empezar la universidad, no tuve amigos. Durante mi infancia y juventud había depositado toda mi confianza y amistad en esos tres chicos, había cometido el error de ir dejando morir los vínculos con otros chicos de clase y en el momento en que me di cuenta de que ellos no eran realmente mis amigos descubrí también que yo, en realidad, no tenía ningún amigo. Sufrí, aprendí y traté de enmendar ese error tan bien como pude.

A lo largo de los meses fui entablando nuevos lazos con otros compañeros de clase, fui descubriendo que gente con la que nunca había hablado realmente merecía la pena y, cuando terminó el curso, me fui a Inglaterra a aprender inglés con un grupo de completos desconocidos. Una vez empecé la universidad hice nuevas amistades, conocí a algunas personas maravillosas y a otras que no lo eran tanto. Aprendí a ser amigo de mucha gente, a tener muchos conocidos, y a saber en quiénes podía realmente depositar mi confianza plena. Unas veces acerté, otras me equivoqué, pero lo que me pasó a los 16 años me hizo dar un gran paso en mi desarrollo como persona.

Por cosas así no puedo sino quedarme estupefacto cuando leo, gracias a un comentario en una (como casi siempre) fantástica entrada en el blog de Molinos, que unos pedagogos británicos están impulsando en varios colegios de primaria el separar en el recreo a los niños de sus mejores amigos para evitar de esta forma que los niños tengan un mejor amigoy así "evitar el trauma de la separación". Yo lo pasé mal. Lo pasé fatal. Pero pasar por ese trauma me hizo aprender mucho y crecer. Y a pesar de haber pasado por algo así soy una persona normal [1] y ahora sé valorar mucho mejor las relaciones entre las personas, la necesidad de confiar en los demás y el valor de que alguien que te estima dé la cara por ti incluso cuando lo que hay enfrente es una masa enfurecida. Separar así a los niños para evitar la posibilidad de que sufran algo como lo que sufrí yo es causar un daño mucho mayor, es limitar y frenar su desarrollo personal y sentar las bases para formar una generación de adultos incapaces de adaptarse socialmente ya que nunca han tenido que lidiar con conflictos de ese tipo.

Así que por favor, que me digan en qué paquete de galletas les ha salido a esos tíos el diploma de pedagogo [2], porque yo tengo un hueco en la pared donde uno así quedaría la mar de mono.

[1] Bueno, vale, no os descojonéis. Soy una persona casi normal, con alguna que otra tara. Pero el que esté libre de taras que tire la primera piedra.
[2] Supongo que serán los mismos que hace unos cuantos años proponían esta otra gilipollez.

2 comentarios :

Lady Boheme dijo...

Vaya, es alucinante tu historia. A mí me han pasado cosas parecidas, y es cierto, aprendes de ello y es necesario.

Veo fatal eso de educar a los niños entre algodones, tienen que caerse, hacerse daño, hacerse heridas, enfermar y conseguir defensas... y emocionalmente igual.

Pero en fin... esta gente... nunca aprenderá...

¡Besines!

Celia dijo...

Que mal me ha sabido que vivieras algo asi, se que no es grave y por lo visto te hizo reflexionar y madurar. pero las injusticias se me atragantan.
Aprendería algo el cobarde que no salio a dar la cara?

Y en lo de la fabulosa idea... estoy deacuerdo con Lady, que manía con prot eger a los niños como si fueran de cristal. Si tarde o temprano los golpes llegan igual, mejor ir entrenando no?